Un día más tras la mascarilla sanitaria: una historia a gritos

—¡QUE POCA VERGÜENZA! ¿PARA ESO OS PAGAMOS? LLEVO DOS PUTAS HORAS ESPERANDO PARA UNA ANALÍTICA. ¡¿AQUÍ NO TRABAJA NADIE?!

Tras el grito un silencioso caos se hace dueño de la sala. La frase sigue en la comisura de los labios de la mujer, en los oídos de los allí presentes y en la mueca de la celadora.

Es cierto que todos llevan horas esperando en la sala de posibles casos de coronavirus de Carlos Haya, desde la joven de 20 años sentada en la silla hasta el señor de 85 años con una bombona de oxigeno en la parte de atrás de la silla de ruedas.

También es cierto que en unos minutos el reloj marcará la media noche y el cansancio empieza a pesar más que la importancia de la prueba del Covid-19.

Y, sobre todo, es cierto que los sanitarios llevan horas trabajando al ritmo del segundero del reloj de donde están aislados los 10 pacientes.

Aún con la voz de la mujer retumbando en las paredes una voz sale del traje protector de la celadora:

—Señora, todos llevan esperando mucho y hay más pacientes en planta de los que también nos encargamos, no solo los que están aquí. Por favor, cálmese. Trabajamos lo más rápido que podemos y recibiendo órdenes.

—¡¡¡PERO TENGO DOS NIÑOS PEQUEÑOS Y LLEVO ESPERANDO AQUÍ DOS HORAS PARA UNA ANALÍTICA!!!

El puño bajo el guante morado de quien recibe las palabras se tensa, se cierra y vuelve a su posición relajada. La respuesta llega serena pero con una firmeza atronadora:

—Yo también tengo dos hijos pequeños en casa y llevo trabajando desde esta mañana y así durante muchos días. Vuelva a su sitio.

—Ufff

La mujer de unos 40 años se deja caer en uno de los sillones azules, abriendo las piernas al máximo, dejando ver su larga coleta negra caer sobre su hombro derecho y mostrando claramente la marca Fila en toda su vestimenta. Pone el móvil a cargar y se pone a hablar a voces con alguien al otro lado de la línea.

Mientras tanto, el resto vuelve a las pantallas de sus móviles o a un estado de duermevela. El silencio solo se rompe por el ir y venir del personal sanitario y por las llamadas a los pacientes para ir a las diferentes consultas.

La señora de los gritos, María según se han referido a ella las doctoras en numerosas ocasiones, vuelve a la carga:

—Estoy harta el coño. Yo me voy.

Los ojos de la gente vuelves a posarse en ella. Y por ello todos ven y oyen la escena que sucede: tan pronto abre la puerta de cristales opacos para salir se escucha la voz de uno de los encargados de la seguridad del hospital pidiendo que le enseñe el alta y, acto seguido, devolviéndola dentro de la estancia.

Una escena de película para el resto de los pacientes, una escena cotidiana para el personal sanitario. Son las 01:17 de la madrugada del 19 de abril, pero podría ser la historia a gritos de un día cualquiera.

 

Firmado: Ana María Jiménez Gómez. Estudiante de Periodismo en la UMA.

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