La siega

Nostalgia de oficios antiguos, recuerdos de infancia, sombras de un pasado que se diluye, imágenes en blanco y negro. Constructores de la realidad que hoy disfrutamos, dura era la labor de los segadores que, andando, con las alforjas al hombro o en caballerías (los pocos afortunados que disponían de ellas), acudían a los campos de cereal.
Se levantaban al amanecer para una jornada de SOL a SOL del orto hasta el ocaso. Trabajaban de veinte a treinta días porque la cosecha, cuando la mies se acabañaba no podía esperar, solo paraban el 25 de Julio, día de Santiago.

La faena comenzaba hacía las cinco o seis de la mañana para aprovechar «la fresca», descansando una hora para almorzar al mediodía, para comer gazpacho, sopas, algún trozo de chorizo o de tocino, y al final disfrutar de un cigarrito, que más que un vicio, era la excusa perfecta para invitar a unos momentos de asueto. El descanso nocturno se hacía casi siempre en el tajo, por las grandes distancias que había que recorrer. Además, muchas cuadrillas de segadores procedían de otras tierras y venían o iban a echar la «temporá», principalmente en las grandes campiñas de Córdoba y Sevilla. Se acostaban vestidos, sobre un haz de mies, tapándose con una manta, cuando el refrior de la noche, lo pedía.

Armados de la hoz y la zoqueta se enfrentaban a los campos de cereal. Cogen la mies con una mano, protegida por la zoqueta y la cortan con la contraria, que empuña la hoz. Cada uno de estos cortes y la mies recogida con él, es un golpe. Cuando el segador lleva en su mano varios golpes, los deposita en el suelo y hace una gavilla, que serán atadas por el «ataor» o por el mismo segador, según costumbre.

De esta forma los segadores encorvados, cortaban rítmicamente las espigas. Ritmo que era preciso percibir y mantener. Cuando en la cuadrilla un segador toca con las espigas cortadas las espaldas del que va delante, es el aviso de que no lleva el ritmo y debe adaptarlo al de la cuadrilla que, como un todo, peina y corta la masa de maduro cereal, que baila con el viento.

En muchos casos era una labor donde participaba toda la familia y se trasladaba su vivir a pleno campo. Allí en el rastrojo quedaban los más pequeños en la sombra, al cuidado de alguno algo más mayor. Allí se depositaba también el hato, el saco de pan duro, el cántaro de agua que se incorporaba a la sedienta cuadrilla a la voz de ¡¡»aguaó» !!., el aceite y el vinagre. Más allá el saquillo de la sal, tomates, cebollas y pimientos, los aparejos de las caballerías en el rastrojo, las aguaderas para acarrear los cántaros. En las cuadrillas grandes había una persona encargada del rancho, que dependía directamente del aperador o encargado.

Tres gavillas componían un haz, se ataba con la misma mies y se precisaba de una cierta manera de atar en forma de llave para proceder a su acarreo, debe quedar bien sujeto el haz para su transporte por caminos pedregosos y con desnivel, impidiendo que la carga baile y pueda parir, pero luego tiene que soltarse fácilmente al llegar a la era. Barcinar era el nombre que se le daba a este acarreo en las tradicionales angarillas a lomos de mulas o bien utilizando carretas. Según dice el refrán «bueyes para arar y mulas para acarrear».

Así, a destajo o a jornal se segaban los campos de nuestra tierra, un poco más cobraba el manejero o jefe de la cuadrilla. Una fanega de sembradura requería alrededor de cuatro jornales de siega y un segador podía cortar, atar y allegar al día entre 3 y 3,5 celemines de sembradura como máximo.

Ataviados con ropa dura y desgastada, para la gran ocasión, pantalones de pana, la mayoría con remiendos cuadrados recosidos de algodón (hoy hasta podrían crear tendencia), camisa de manga larga también de algodón (protección en la canícula y refugio de sudores), un pañuelo de hierba anudado al cuello para protegerlo de roces y calores. En la cabeza un gran sombrero de paja, alpargates de esparto o abarcas en los pies componían todo su ajuar en aquellos veranos de mucho botijo y poco abanico, la figura se remataba con una alforja al hombro y una petaca de cuero para el tabaco, un librillo de liar y un mechero de mecha. La hoz metida en la cintura, lista para la faena, la faja bien apretada, la mirada el frente, su recuerdo en mi memoria.

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