Memorias de un desastre

Si quiero ser honesto con los lectores de este libro, lo que primero he de escribir es una confesión: reconozco mi envidia por su autora. Desde que leí las primeras páginas, supe que en ellas había una escritora, en ciernes, evidentemente, pero escritora. Y, enseguida, la envidia. Yo nunca habría sido capaz de hacer algo así a su edad, pues carecía de la suficiente fuerza narrativa para mantener una historia a lo largo de las páginas de una novela. Para esto, se hacen necesarios tanto una fortaleza física –sí, créanme, hay que desarrollar determinadas cualidades físicas para dedicar horas a la escritura–, como un temple particular para guardar la cadencia con la que pretendes escribir esa novela; es decir, un ritmo apropiado, sostenido, que no llegue a decaer en ningún momento sino que se eleve hasta llegar a la máxima intensidad. Yo no reunía ninguna de esas cualidades; mientras que la autora de esta obra las tiene todas, más alguna que los lectores encontrarán sin dificultad.

En una de las primeras cartas que Franz Kafka escribió, en 1903, dirigida a un compañero de instituto, Paul Kisch, le dice lo siguiente: «Ser joven significa no escatimar y ser joven significa no respetar la gramática». No sé si Laura ha leído esta carta, pero lo cierto es que hace caso al escritor. No escatima; en la novela no hay tiempos muertos, desde el primer momento pone toda la fuerza de su imaginación, que no es poca, al servicio de lo que quiere contar: la adolescencia de una joven de nuestra época, con todos sus temores y sus ilusiones. La autora le ha inyectado una buena dosis de autobiografía que dota al texto de sinceridad. No encontrarán el habitual exhibicionismo egocentrista tan propio de la edad, ya que Laura no es complaciente con su protagonista, que suele cuestionarse a sí misma en muchas ocasiones. Sin embargo, es un personaje que cuenta con unos cuantos principios que le otorgan una cierta firmeza en medio del mundo que la rodea: son la honestidad y la lealtad. Frente a los vaivenes de la amistad, frecuentes en ese momento de la vida, el grupo de amigos encontrará en la protagonista la persona hacia la que mirar en los momentos de incertidumbre. Recurrirán a ella para hallar la franqueza y la generosidad que les ayuden a volver a reconocerse a sí mismos. Con la llegada del amor, pese al sufrimiento y las contradicciones, esas cualidades ennoblecerán aún más al personaje.

La amistad, el amor, el sexo y la pérdida de la virginidad, los viajes, las primeras cervezas, las copas en un pub o en una discoteca, fumar o no fumar, todo irá sucediéndose filtrado por la mirada de su protagonista y contado con su lenguaje. Aquí se separa la autora de Franz Kafka. Laura respeta la gramática –aunque no dudo que se saltaría alguna que otra regla si lo estimara necesario–, pero su novela está escrita con el desparpajo y la soltura que queremos ver en una autora tan joven. A la enumeración anterior se unen las calles de Madrid, las estaciones del metro y hasta su propia banda sonora –me gustan las novelas que tienen canciones, que cuentan con su propia música–, imprimiéndole al relato un tono realista que lo aleja de las fantasías que, supuestamente, creemos que han de gustar a los jóvenes. Quizás esto forma parte del motivo por el que Laura me dejó la novela. Haré una segunda confesión en este prólogo: no me gusta la literatura infantil y juvenil. Por eso se plantó delante de mí para decirme que había escrito una novela, ¿querría leerla? Me ofrecía su lectura precisamente porque sabía que no me gustaban los libros infantiles y juveniles. Arriesgó bastante, aunque supongo que, de alguna manera, atisbaba el valor de lo que había escrito. Me sedujo desde que comencé su lectura. Ha sido para mí una de las mayores satisfacciones de mi vida literaria. Asistir al nacimiento de una escritora, leer su primera obra, ha sido un privilegio por el que siempre le estaré agradecido a su autora. Ella esperaba temerosa mi respuesta después de haberla leído. Pues bien, aquí va mi respuesta, que es una tercera confesión: a partir de ahora, siempre te tendré envidia.

Manuel Sánchez-Campillo